La distinción entre filosofía y teología como plenitud de la sabiduría cristiana
Si bien y debido a la falta de tiempo, la Exposición del De Trinitate de Boecio (1253- 55) no llegó a ser un estudio sobre la Trinidad, sí puede considerársele como “un tratado de filosofía del saber o dialéctica, con especial referencia a la metafísica y a la teología. No se trata pues, de un es...
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| Formato: | Documento de conferencia |
| Lenguaje: | Español |
| Publicado: |
2024
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| Materias: | |
| Acceso en línea: | https://repositorio.uca.edu.ar/handle/123456789/18643 |
| Aporte de: |
| Sumario: | Si bien y debido a la falta de tiempo, la Exposición del De Trinitate de Boecio (1253-
55) no llegó a ser un estudio sobre la Trinidad, sí puede considerársele como “un tratado de
filosofía del saber o dialéctica, con especial referencia a la metafísica y a la teología. No se
trata pues, de un estudio psicológico (en el sentido usual de la palabra), sino de una
investigación sobre el saber en cuanto tal”1
. De allí que esta exposición sea reconocida no
sólo como un tratado general de epistemología, sino también, de filosofía cristiana, ya que
elabora una síntesis superior de conocimiento: es decir, siendo fundamentalmente metafísica,
la reflexión filosófica necesariamente debe ser guiada por la teología, quasi sidus amicum2
,
aunque nunca subalternándose a las conclusiones de la scientia sacra.
No olvidemos que el fin del género humano es la contemplación de las realidades
divinas3
, tal como lo atestiguan la filosofía y la teología, aunque procedan inversamente:
mientras la primera comienza por la consideración de las creaturas para remontarse al
Creador; la segunda, las considera desde la misma perspectiva divina.
El Santo Doctor siempre defendió la proporción natural de nuestro intelecto a la
verdad, que se manifiesta por su tendencia natural al conocimiento del ente y luego a la causa
de éste. Ahora bien, nuestro intelecto se dirige al ente sólo y en cuanto es premovido
físicamente por Dios, porque Él no solo crea sino que obra en todas sus creaturas mediante su
providencia, dirigiéndolas a sus actos propios: así como el calor mueve nuestra digestión y
sus procesos, o la virtud de los cuerpos celestiales a los cuerpos inferiores; así también, Dios
mueve y dirige su creación5
. No obstante y como el conocimiento del ente es un acto propio
de la naturaleza intelectual, no existe necesidad de añadir una nueva luz como sí la requieren
las verdades de fe, puesto que éstas no se deducen de la eficacia de nuestro intelecto agente
que sólo se reduce a las verdades arrojadas por los primeros principios y las cosas
cognoscibles sensiblemente.
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